Máscaras, ¿en carnaval?

Algo muy típico en Carnaval es la presencia de máscaras, disfraces y demás elementos, que nos permiten transformarnos sin límite en personajes que poco o nada tienen que ver con nosotros.

Pero, ¿Qué pasa con las máscaras el resto del año? Si observamos atentamente, las podemos encontrar en nuestro entorno más cercano, incluso en nuestra propia forma de actuar. Me refiero a ciertos roles que en ocasiones nos esforzamos en representar con distintos objetivos.

Es fácil pensar que, ante una entrevista de trabajo, nos esmeremos en ofrecer nuestra mejor faceta profesional. Incluso si somos seleccionados, también podemos visualizar cuál sería nuestra actitud los primeros días de trabajo.

También os invito a imaginar en una primera cita con una persona que nos gusta. Sería fácil observar los recursos que desplegamos para gustar a los demás. Algunas personas recurrirían al sentido del humor; otras mostrarían sus conocimientos para seducir a través de sus inquietudes intelectuales; en otros casos, se esforzarían en expresar su lado más activista y solidario, etc.

Nos podemos preguntar si estas máscaras o roles que desempeñamos son adecuados, si nos benefician de alguna manera; o bien, por el contrario, son situaciones donde percibir cierta falsedad.

Desde la psicología humanista se habla de la presencia de distintas autoconfiguraciones en la misma persona como algo necesario y sano. Se considera que la necesidad de adaptarnos a distintos entornos nos hace desarrollar distintos recursos. Es decir, formas peculiares y características de comportarnos, que cambian en función de los distintos contextos.

¿Versatilidad o hipocresía? ¿Necesidad de adaptación, o falta de autenticidad? Ambas cuestiones son interesantes para reflexionar. ¿Hasta qué punto me ayudan a mostrar la faceta personal que me resulta más beneficiosa? ¿Me acercan a quien soy y quiero ser, o me alejan?

En consulta es frecuente observar dos tendencias opuestas en este sentido, que pueden llegar a ser disfuncionales para el cumplimiento de nuestros objetivos.

  • Por un lado, está la sobreadaptación, que consiste en ajustar hasta tal punto nuestro
    comportamiento al contexto, que la persona se guía más por las expectativas ajenas, que por los criterios propios. Llevándolo al extremo, sería aquella persona que siempre se comporta perfectamente para no defraudar, sin reflexionar si realmente sus acciones son adecuadas para ella en función de sus necesidades y objetivos.
  • En el otro polo se encuentra la rigidez, o falta de flexibilidad. La persona que representa este extremo, tendría unos planteamientos muy claros y estrictos sobre cómo deben ser las cosas y la forma adecuada de actuar en cada momento. Su lenguaje sería muy categórico y con frecuencia sentiría frustración o sentimientos de injusticia si las situaciones o las personas no se adaptan a su estándar. En este caso la persona también ve mermada su capacidad de adaptación.

Como es habitual, los extremos son fáciles de identificar, aunque la mayor parte de personas nos movamos en un continuo. Por eso, es fácil reconocer ocasiones en los que una situación desencadena una sensación de bloqueo, lo que vulgarmente se dice “encontrarse con el paso cambiado”, o cuando estamos especialmente cuidadosos con determinadas personas y “vamos con pies de plomo”.

Tener la capacidad de moverse en distintos entornos puede suponer un recurso muy importante que no implica necesariamente traicionar nuestra propia autenticidad.

Pero, ¿quién tiene el criterio para evaluar qué es lo que pasa?  Al final, y en principio, como en muchas cosas, la respuesta la obtiene uno mismo.


Carolina Soba Molero

Psicóloga Sanitaria de Luria Psicología.

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