¿Cómo podemos cuidar nuestra sexualidad?
Durante mucho tiempo, la sexualidad ha sido un tema del que apenas se hablaba. En muchas familias, escuelas o espacios sociales se trataba como un tabú, algo que debía ocultarse o evitarse. Esa falta de educación y de diálogo ha dado lugar a numerosos mitos, estigmas y creencias erróneas que todavía hoy nos acompañan y que hacen más difícil que entendamos lo que realmente es la sexualidad y el papel tan importante que tiene en nuestras vidas.

¿Qué entendemos por sexualidad?
Si saliéramos a la calle y preguntáramos “¿Qué es la sexualidad?”, probablemente obtendríamos respuestas muy distintas: algunas personas hablarían del sexo, otras de la orientación sexual o del deseo, e incluso habría quien no sabría muy bien qué responder.
La realidad es que la sexualidad es mucho más amplia que todo eso. La Organización Mundial de la Salud (OMS) la define como un aspecto central del ser humano a lo largo de toda la vida, que abarca el sexo, las identidades y roles de género, la orientación sexual, el erotismo, el placer, la intimidad y la reproducción. Se expresa a través de nuestros pensamientos, fantasías, deseos, creencias, actitudes, comportamientos, prácticas, roles y relaciones.
En otras palabras, la sexualidad está presente en cada persona, en su forma de relacionarse, de pensar, de sentir y de vivir el propio cuerpo. Es parte esencial de quiénes somos y, por tanto, merece ser conocida, comprendida y cuidada.

La importancia de cuidar nuestra sexualidad
Cuidar la sexualidad significa por tanto cultivar nuestro bienestar personal, emocional y relacional. Cuando nos conocemos, entendemos mejor nuestros deseos y aprendemos a comunicarlos con respeto y libertad, lo cual puede contribuir a potenciar nuestras relaciones y también nuestra autoestima.
¿Cómo podemos cultivarla?
Autoconocimiento: el primer paso para una sexualidad sana
Mejorar nuestra relación con la sexualidad comienza por conocernos a nosotros mismos. Para muchas personas, este es un terreno lleno de dudas, creencias heredadas y emociones contradictorias, por lo que el primer paso consiste en explorar qué pensamos y sentimos al respecto. ¿Qué nos despierta: miedo, vergüenza, curiosidad, incomodidad? ¿Qué ideas sobre la sexualidad provienen de nuestra familia, cultura o religión y hasta qué punto seguimos identificándonos con ellas?
Un ejercicio sencillo y muy útil es llevar un diario donde podamos registrar reflexiones, preguntas, curiosidades o emociones que vayan surgiendo. Al escribir, podemos detectar patrones, creencias limitantes o áreas que queremos seguir explorando.
Dentro del autoconocimiento también se encuentra la exploración del propio cuerpo, un proceso que puede resultar desafiante. Es importante recordar que la sexualidad se aprende y se cultiva poco a poco, sin prisas, sin juicios y, sobre todo, con compasión hacia uno mismo. El objetivo no es “llegar” a un punto concreto, sino conectar con nuestras sensaciones y descubrir qué nos gusta, qué no y cómo respondemos a diferentes estímulos. Este proceso de exploración personal es una base fundamental para vivir nuestra sexualidad de manera más auténtica y satisfactoria.

Educación: comprender para vivir plenamente la sexualidad
Como suele decirse, el saber es poder, y esto aplica especialmente a la sexualidad. Buscar una formación adecuada (terapia sexual) nos permite relacionarnos de forma más consciente y saludable con esta parte tan integral de la vida. Informarnos sobre anatomía, diversidad sexual, relaciones afectivas, comunicación, consentimiento o deseo nos ofrece una visión más completa y realista.
Además del aprendizaje autónomo, consultar a un profesional puede ser una excelente forma de resolver dudas, trabajar miedos y acompañar procesos personales. La guía adecuada nos ayuda a desmontar mitos, comprender nuestro cuerpo y nuestras emociones, y tomar decisiones más alineadas con nuestros valores y necesidades.
La comunicación también es una herramienta educativa muy poderosa. Hablar abiertamente sobre sexualidad con una pareja, un profesional, o incluso con un amigo o familiar de confianza, contribuye a normalizar estas conversaciones. Poder expresar preguntas, emociones o experiencias sin tabúes nos permite entender mejor lo que vivimos y sentirnos acompañados en ello. Conversar no solo amplía nuestro conocimiento, sino que valida nuestras vivencias y favorece una relación más sana con la sexualidad.
Con todo, vemos que la sexualidad puede aportarnos placer, conexión, crecimiento personal y bienestar. Pero para ello, es necesario dedicarle tiempo, atención y consciencia. Así que, ahora que te sabes algo más sobre el tema, ¿te animas a cultivarla?
Luis Herrero Sánchez
Psicólogo General Sanitario en el equipo de psicólogos en Madrid de Luria Psicología
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