Educación sexual a través de las pantallas: de la desinformación al acompañamiento consciente.

Nos encontramos en una era digital en la que tenemos acceso a todo con tan solo un clic. Esto, evidentemente es una ventaja, pero también existen multitud de riesgos. En concreto, nos encontramos con el problema de que la pornografía se ha convertido en el modelo de educación sexual para los menores, y esto es algo que hay que abordar.
La edad del primer móvil, en muchos casos, es antes de los 10 años. Esto tiene una serie de consecuencias perjudiciales como que a esta edad no han adquirido la capacidad de autogestionarse (a nivel emocional, a nivel de rutinas de uso, o a nivel de contenidos de visualización, por ejemplo), no tienen la información ni la capacidad para ser conscientes sobre los posibles peligros, y, muchas veces, tienen acceso de manera ilimitada a todos los contenidos.
Pero, ¿cómo acceden a este tipo de contenidos?
Aproximadamente entre el 15-20% de los menores tienen el primer contacto con la pornografía antes de los 8 años. Este primer contacto suele ser accidental, ya que, por ejemplo, cuando están jugando a videojuegos online hay anuncios pornográficos que saltan de repente, y al intentar cerrarlos, te dirigen a una página pornográfica. Uno de los problemas añadidos es que estas páginas no tienen ningún tipo de cribado o filtro para comprobar la edad de la persona que está accediendo. Otro ejemplo es cuando buscan determinadas palabras como “tetas, culo, etc.” por curiosidad e internet les dirige a páginas pornográficas y gratuítas de fácil acceso.
¿Cuáles son los riesgos de consumo de pornografía a estas edades y cómo influye esto en nuestros hijos?

Los riesgos son abundantes y de diferentes tipos. A continuación se describen de manera detallada:
- Exposición a contenido peligroso. Se trata de un contenido altamente violento y repleto de machismo, donde la mujer es un mero “objeto” al servicio del hombre, y cuyo objetivo es proporcionar placer.
- Aumento de la agresividad y la objetificación. En la pornografía, las escenas sexuales que contienen agresiones contra la mujer conforman el 94 por ciento del total (Tiganus, 2021). Esto parece estar vinculado con una mayor aceptación e imitación de la violencia.
- Aumento del riesgo de ser víctima o agresor en situaciones de agresión sexual. En este sentido, es importante recalcar el aumento de las agresiones sexuales en manada y con grabaciones. Es posible que no se trate de una casualidad, y que los agresores intenten recrear las prácticas que han visto en los diferentes contenidos pornográficos. Esta exposición y normalización de la violencia hace que los niños tengan una menor capacidad para detectar comportamientos de agresión sexual hacia ellos, lo que les convierte en posibles vícyimas.
- Desarrollo distorsionado de la sexualidad. Adquieren ideas distorsionadas sobre las relaciones sexuales, ya que no tienen la capacidad de comprender que lo que ven es irreal, basando su contenido en relaciones de poder, violencia, agresiones, ausencia del consentimiento femenino y de límites sobre el propio cuerpo y el ajeno. Esto lleva a crear mitos y falsas expectativas en cuanto a la sexualidad y las relaciones.
- Desensibilización sexual. Con el tiempo, podrían necesitar contenido más explícito o extremo para obtener la misma respuesta emocional, afectando a su percepción de la sexualidad.
- Problemas emocionales y psicológicos. Pueden sentirse confundidos, ansiosos, culpables o avergonzados debido a la dificultad de entender lo que ven, o sentirse sobrecargados por la experiencia.
- Problemas en las relaciones interpersonales. Pueden tener dificultades para formar relaciones saludables basadas en el respeto y la comunicación.
- Impacto en la salud mental. En algunos casos, el consumo de pornografía puede estar relacionado con trastornos de ansiedad, depresión o trastornos de la conducta sexual.
Y, entonces ¿qué podemos hacer como padres? Acercándonos a lo realmente importante.
Asumir que la sexualidad es un tema que debe ignorarse hasta la adolescencia es un error, ya que los niños empiezan a conocer la sexualidad desde muy pequeños, comenzando a construir su comprensión sobre el cuerpo, las relaciones, el afecto y los límites propios y ajenos desde edades muy tempranas.
La educación sexual debe empezar desde casa ya que es un entorno seguro, y los padres son los referentes más importantes en la infancia. En ocasiones, lo que nos aleja de abordar estas situaciones son nuestras propias creencias (y cómo todo ello nos hace sentir) como que “son demasiado pequeños”, “no están preparados” o que “hablar de sexualidad puede incentivar las relaciones sexuales tempranas”. Pero lo cierto es que evitar hablar de ello no les protege, ya que les limita, confunde y deja un vacío que muy probablemente será ocupado por otras fuentes de información menos fiables y más dañinas.
Educar en sexualidad no se basa únicamente en dar información, sino en acompañar desde el respeto, el cuidado, la apertura a la experiencia, y el estar presentes. Este acompañamiento consciente no se fundamenta en tener todas las respuestas, sino en estar disponibles para nuestros hijos, escuchar sin juicios y ofrecer un espacio seguro en el que entender lo que sienten, ven o piensan, incluso cuando todo ello nos genere emociones incómodas como miedo, vergüenza o inseguridad, ya que lo valioso es poder compartir con ellos ese espacio en el que se sientan seguros.
Hablar de sexualidad no adelanta procesos, les ayuda a desarrollar un pensamiento crítico, autonomía y seguridad. Desde los 6 años podemos empezar a trabajar algunos conceptos que se incluyen en la sexualidad, como puede ser el concepto de consentimiento, los límites propios y ajenos, o las funciones de las diferentes partes de nuestro cuerpo. Las explicaciones deberán ser adaptadas a la edad, el nivel de desarrollo del niño, y sus necesidades.
Algunas pautas abordar la educación sexual de nuestros hijos son:

- Hablar abiertamente sobre sexualidad, contestando a sus preguntas con naturalidad, fomentando una comunicación abierta y libre de juicios.
- No castigar las dudas, ignorarlas o hablar de la sexualidad de manera negativa, ya que podemos favorecer la aparición de tabúes por miedo a posibles represalias.
- Ser un modelo positivo de respeto, comunicación y empatía.
- Enseñar que las personas no son objetos, que todos merecemos respeto, y que es importante escuchar las necesidades, preferencias y peticiones de los demás.
- Plantear sistemas de control parental (de una manera razonable), en los que se acuerden ciertos límites en los dispositivos de los menores, pactando con ellos el uso del móvil a horas y lugares determinados, y siempre con supervisión.
- Alertar y educar sobre los peligros existentes de la navegación por internet, explicitando las diferentes alternativas a las que recurrir si se encuentran en una situación de peligro.
- Instalar software de monitoreo para supervisar las actividades en línea de los menores.
- Mantener los dispositivos electrónicos en áreas comunes.
La pregunta no es si hablar o no de sexualidad, sino desde qué lugar lo hacemos. Y cuando ese lugar está guiado por el amor y el compromiso, se transforma en una oportunidad para seguir cuidando a los más pequeños de la casa.
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