Paisaje otoñal.
Cuando la transformación se hace inevitable.

En esta época del año es habitual encontrar numerosos contrastes. Durante este mes resurgen sensaciones que ya hemos vivido en otros momentos. Convive el calor casi extremo, con la sensación de frío sobrevenido; las sandalias con las botas y los helados con los primeros caldos calientes. El paisaje también se transforma y los colores marrones de las hojas desprendidas de los árboles, empiezan a coronar nuestros parques y aceras.
Este cambio estacional no es ajeno a las personas. Los terapeutas observamos cada otoño sus efectos, aunque en los medios se visibilice más los de primavera.
Cambios en el estado de ánimo, irritabilidad, cansancio, dificultades para conciliar el sueño, intranquilidad… ¿A quién no le resultan familiares estos síntomas por experiencia?
A veces se utiliza el término estrés post-vacacional, pero más allá de las etiquetas que se empleen, resulta fácil identificar algún momento en que afrontar lo cotidiano nos haya resultado “cuesta arriba”.
En este punto también confluye el retorno a la rutina y con ella a sus obligaciones. Aunque para ciertas personas pueda suponer un bálsamo tranquilizador, lo más habitual es que resulte un proceso de adaptación costoso en un principio.
En este contexto, las emociones suelen ganar protagonismo y la relación que mantenemos con ellas influirá de forma importante.
Reconozco que me encantan las tardes lluviosas de otoño de mantita en el sofá, estando melancólica y sensible, mientras que veo una película lacrimógena. Sin embargo conozco a personas que lo vivirían con verdadera angustia y preocupación.
“La relación que mantenemos con las emociones nos puede facilitar o dificultar una adecuada gestión. Se puede caer en el error de considerar patológicas emociones sanas simplemente porque resultan desagradables”.
Disponer de unas competencias emocionales adecuadas es un factor de protección importante. Nos permite contactar con nosotros mismos y si hacemos la lectura adecuada, proporcionarnos aquello que necesitamos.
Para regular las emociones el primer paso es identificarlas
El proceso de identificación es el punto de partida necesario para poder desarrollar nuestras competencias emocionales.
Para ello es necesario proponerse prestar atención a lo que sentimos, sin prisa y abriendo ese espacio en nuestra vida. Además, es necesario realizar un “etiquetado” adecuado, por lo que disponer de un amplio vocabulario emocional nos resultará de gran ayuda.

Cuando tenemos dificultades para identificar las emociones, lo que suele ocurrir es que lo metemos en el cajón de sastre de la “ansiedad”. Pero, ¿Todo lo que nos molesta se trata de eso? Quizá si nos parásemos a mirar un poco más allá, podríamos saber si bajo esa etiqueta tan utilizada hay emociones como el enfado, la tristeza, la decepción o el miedo.
Identificar los “ingredientes” nos da la posibilidad de elegir los mejores recursos para afrontar la situación.
“Poner nombre a las emociones o sentimientos que experimentamos nos da la posibilidad de elegir la mejor alternativa de actuación”.
Si hacemos una lectura inadecuada podemos caer en el error de desplegar recursos que no necesitamos. Sería algo así como querer poner un tornillo con una llave inglesa o tomar sopa con un tenedor.
Esto implica que no todos “nuestros males” se calman con clases de yoga, respiraciones o técnicas de relajación. Resultan saludables y tienen beneficios, pero quizá no estemos poniendo el foco en lo más nuclear. Un zumo natural de naranja es sano, pero no servirá para curar una infección de oídos, incluso podrá ser perjudicial si la persona es diabética.
¿Qué es la inteligencia emocional?
Salovey y Mayer (1995) propusieron la primera definición de inteligencia emocional como “un subconjunto de la inteligencia social que comprende la capacidad de controlar las emociones y sentimientos propios, así como los de los demás, de discriminar entre ellos y utilizar esta información para guiar nuestro pensamiento y nuestras acciones”.
Supuso el comienzo de numerosa investigación dando lugar a diferentes modelos teóricos que siguen evolucionando en la actualidad.

Tiene que ver con la capacidad de aprender de la propia experiencia. Discernir con más acierto lo que nos pasa y poner en marcha las estrategias que nos resultan más adecuadas.
“Vivir de forma consciente favoreciendo una sana reflexión puede ser el elemento clave que marque la diferencia”.
La buena noticia es que tenemos la posibilidad de desarrollar estos recursos durante toda la vida. Prueba de ello es que con la experiencia conseguimos que no nos afecten situaciones que nos resultaban complicadas, o incluso logramos disfrutar haciendo un viaje en coche largo, cuando inicialmente nos aterraba conducir.
¿Qué se puede hacer en etapas de inestabilidad?
Quizá estés en este momento en un proceso de adaptación retomando las obligaciones cotidianas, o tengas que hacer frente a nuevos retos.

Es importante tener en cuenta que los cambios suelen generar inestabilidad y es esperable que tengamos las emociones a flor de piel. Aprender a tolerar el malestar es un paso importarte que contribuirá a ganar la claridad que necesitamos.
“Acompañarse en ese momento con comprensión y cariño, dirigiendo a uno mismo las palabras adecuadas, nos puede ayudar a recobrar el equilibrio”.
Que en un momento dado surjan inseguridades, preocupaciones, o nos sintamos irritados, es algo natural y necesario. Nuestro cuerpo y nuestra mente se activan buscando una salida. Por eso, a medida que damos pasos para resolver la situación, el malestar se transforma en la motivación que necesitamos para salir adelante.
“Seguir con regularidad las nuevas rutinas y prestar especial atención al auto-cuidado, nos hará poner en marcha el engranaje recobrando la energía que necesitamos”.
¿Y si confiamos en que, una vez más, lo conseguiremos? Paciencia y esperanza.
Psicóloga en Madrid con habilitación sanitaria
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